dimarts, 21 de febrer del 2012

Si me hubiese muerto hoy

En aquella esquina de la carretera principal que todos sabían había un bar. Tal vez fuese una cafetería. Hablo de lo que podía olerse a simple vista. Por supuesto. Las paredes estaban repletas de fotografías en blanco y negro. Sin ningún orden lógico. Tal vez de eso se tratase la bohemia. Del techo colgaban guitarras y mandolinas y laúdes y demás instrumentos parecidos que no voy a enumerar ahora. Era un lugar oscuro. De luz rojiza, granate. Un incómodo sofá de terciopelo recorría la pared, con mesas arrimadas a él. No tenían caja registradora: un cajón de madera que se atrancaba al abrirlo desempeñaba esa función. Solía sonar Billie Holiday de fondo. Todo allí era una perfecta catástrofe. Gente extraña y gente de toda la vida llenaba el local a todas horas. Ni siquiera yo sé si todos o muy pocos lo sabían, pero justo al lado de la pequeña despensa de baldosas blancas había una escalera de caracol. Paulo empujó con el hombro la pesada puerta del bar. El señor Putañero estaba apoyado en la pequeña barra. Le dolía todo el cuerpo, pero tampoco recordaba nada. Golpeó con el puño cerrado la madera gruesa de aquella encimera y soltó varias carcajadas roncas. De borracho. Le brotaba del bigote una lluvia blanquecina. Etílica. ¡El ciego sí que sabe! Y parecía tan bobo cuando lo compramos…estoy un poco borracho y me sabe mal porque eres ciego, que sino te enterabas ahora mismo…yo no comparto a mis niñas con nadie…aunque tú jamás podrás verlas como las veo yo…pobre diablo… Se hizo el silencio. Apunto estaban ya los camareros de arrastrar a Don Putañero amablemente hasta la calle. En aquel lugar nadie le hablaba así a nadie y menos a las nueve de la noche. No eran horas. Los pasos de Paulo rompieron el silencio sobre la madera vieja. Tan bien se conocía aquel lugar que podía permitirse el lujo de llevar su bastón guía colgado del antebrazo. Sabía perfectamente el camino que debía recorrer, con seriedad. Siempre con seriedad. Subió las escaleras de caracol como un autómata. El silencio de los que allí estaban se eternizaba. Aquello era casi un espectáculo. Llegó arriba y cruzó el umbral que separaba definitivamente el bar de lo que podría llamarse, tal vez, la oscura casa de citas. Notó una presencia allí. Vengo por Carolina. La presencia, con aquella voz dulce, como de niña pequeña, inocente y familiar lo acusó de mantener una curiosa fidelidad hacia Carolina. Le cogió la mano y lo condujo por el pasillo. Alguna vez que Carolina había estado ocupada lo habían engañado. Había más chicas allí y él era ciego, de manera que creyeron que con tal de satisfacerlo (y cobrar) cualquiera serviría. Porque era ciego, sí, pero lo que no sabían en aquel burdel es que no era tonto. Don Putañero tenía razón al acusarle de no poder ver a aquellas mujeres como lo hacía él, que no era ciego y las confundía todas con todas en aquella nebulosa suya de alcohol y aceitunas y sudor. Cualquiera le valía, pero no a Paulo, que desde el día en que conoció a Carolina no pagó por nadie más. Sus curvas se le habían grabado en las manos, en los dedos. Su voz, en el cerebro. La puerta se cerró tras la figura mecánica e inerte del ciego y a Carolina se le partía una vez más el corazón. Aquello estaba dejando de ser una habitual relación de mercado. Siempre los mismos gestos: no se saludaban. Paulo esperaba en la puerta, rígido y abandonándose a la voluntad de ella de ir y recogerlo. De salvarlo de aquella tensión momentánea. Cada día que iba, Carolina tardaba un poquito más en acercársele. Le pesaba hacerlo. Aquella noche tenía lágrimas en los ojos. Le tomó la mano y lo acercó a la cama hasta allí sentarlo. Acto seguido dejó el bastón en una esquina de la habitación y se postró frente a él. Se sentía moralmente obligada a hacerse evidente mediante la respiración. Lo hacía con fuerza. Quería que Paulo supiese donde estaba ella en cada momento. Le miró fijamente. Los mismos ojos azules e inexpresivos que cada semana se presentaban allí sin falta. Paulo fue el primero y único que había pagado alguna vez para hablarle. La tarde en que se conocieron, Paulo se sentó en la cama y le contó, ante el asombro de la chica, absolutamente toda su vida. También le dijo que tenía un nombre muy bonito y que se sentía solo. Él creía firmemente que todo aquel que podía ver era capaz de establecer un contacto visual lo suficientemente fuerte como para enamorar o enamorarse, y no era su caso, de modo que tenían que recurrir a hablarse primero. Y necesitaron dos tardes de palabras para igualar lo que habría conseguido una simple mirada sucia. La segunda vez que Paulo fue allí, pidió a Carolina que hiciese lo mismo con su historia, y si no quería sincerarse con un extraño, que se inventase una vida. No mintió en absoluto. Era consciente de que cualquiera de sus compañeras lo habría mandado a paseo alegando que su vocación no era precisamente la literatura oral. Tal vez ella fuese diferente. Menos fuerte. Se había dado cuenta de como necesitaba una vía de escape de aquel mundo frío en el que se había metido por caprichos desafortunados de la vida. Tal vez fuese por eso que las visitas de Paulo la aliviaban y la asustaban a la vez. Sus compañeras se burlaban de ella preguntándole por su novio Paulo, el ciego romántico. Carolina no sabía si en el fondo la envidiaban o sencillamente eran incapaces de entenderla. La tercera vez que Paulo fue a ver a Carolina ya no se hablaron.

Y allí seguía ella frente a él. Respirando. Con lágrimas en los ojos que cayeron cuando Paulo extendió su brazo derecho con la intención de rozarla, acariciando torpemente sólo el aire. Carolina recondujo con fuerza aquella mano perdida hasta su corsé blanco nacarado. Más que un uniforme de trabajo, le sentaba como un disfraz. Una lágrima de la chica fue a caer sobre la muñeca derecha de Paulo. Carolina, no tienes porque mirarme mientras hago esto. Tal vez mi expresión no ayude. ¿Te doy miedo?

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